
Si cuando vas escuchando música, la visualizas en forma de circulitos de colores bajando a toda velocidad, tienes un síntoma inequívoco de adicción a Guitar Hero.
Hay muchas aficiones para elegir a las que dedicar nuestro tiempo libre. En los videojuegos tenemos a nuestra disposición una gran variedad de títulos con los que desafiar nuestras habilidades. Para mí, Guitar Hero, se ha vuelto casi una droga, y empiezo a pensar que lo de pulsar coordinadamente los botones de una guitarra de juguete a ritmo de rock tiene algún tipo de respuesta nerviosa en el centro del placer, tan adictiva, que ni los chocolates de placer adulto Valor. Nada comparable a lo que cualquier otro juego me ha provocado antes.
Podemos estar horas con los amigos reventando temas, que si no es por el cansancio, seguiríamos otras muchas más. Las guitarras y baterías de juguete nos han poseído, y cualquiera las suelta. Que Maese muerde como le digas "ahora toco yo un ratito".
Los juegos de la Guitarra de juguete llevaban ya bastante tiempo en el mercado, y muy populares desde el primer Guitar Hero, pero el remate ha sido el efecto Rockband que cambió el juego a algo más que guitarras, para añadir bajo, batería y voz. No lo he llegado a probar aún, pero la consecuencia de esto fue que Activision hiciera lo propio y lanzase el Guitar Hero: World Tour dando su sitio a este nuevo concepto en su franquicia Hero. Lo tengo y si por mí fuera jugaba todos los días. Junto con el Guitar Hero 3: Legends of Rock, son los videojuegos que más horas están en marcha en mi play, lo cual me lleva a pensar que "¿no es demasiada máquina para algo tan simple?", bueno, da igual, ya estoy deseando la llegada del Guitar Hero: Metallica y el Smash Hits.
